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Es la siesta. Y en el comedor en penumbras no hay nadie. Y si estuviese alguno sentado no se notaría. Se oye una palabra diaria, pero dicha de un modo raro, como si una manzana en la frutera estuviera aprendiendo a hablar
Lo central es el canastillo de claveles. Pero los claveles están fuera del canastillo, tendidos, seis a cada lado. Y parecen rojas cucharas, tizones, jesucristos.
Esos claveles son los familiares ¿quién lo duda?, abuelos, padres, madres y madrinas. Hay un vuelo y como si buscaran flores entran de golpe, insectos sexuales, gloriosos y temibles. Ansían oídos, ojos, nariz, toda clase de bocas. Las primas y amigas corren inútilmente a ocultarse abajo de la cama; se enredan en las colchas. Yo, por milgro, hallo las salidas. Corro. Ingreso en el peral. Y ya vienen los grandes gritos de lujuria. Prosigo huyendo de aquí para allá. Hasta que se pone el sol. Los árboles están fijos. Y en la casa ya ha pasado todo y nada.
En Misales, relatos eróticos Buenos Aires, el cuenco de plata, 2005
enviaron.
Isaías Garde - Patricia Damiano
Isaías Garde - Patricia Damiano
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